miércoles 31 de marzo de 2010

El valle de balas llena valles de lágrimas


Es impresionante como de la noche a la mañana tu felicidad se puede convertir en una tristeza profunda. Es increíble ver como el círculo de la vida para algunos termina de una manera tan brusca e injusta, mientras otros aparentan tener vidas satisfactorias y llenas de historias felices que contarle a sus allegados.

¿Qué hicimos los venezolanos para convertirnos en una sociedad en la cual no se puede confiar en nadie? Muchas veces leyendo veo que en las épocas de otrora, éramos un pueblo feliz, un pueblo humilde, lleno de contraste pero que todo eso mezclaba a una gran unión, una verdadera Venezuela unida. Hoy en día, somos un pueblo lleno de odio. El país está dividido en dos y ambos parecen odiarse.

Existe en el país, un sentimiento de apatía, un sentimiento de inseguridad que nos hace a todos egoístas, traicioneros y sobre todas las cosas, nos hace odiar. Simplemente veo el hecho de Caracas y me da pena ajena, me da decepción. Caracas pasó de ser la “Ciudad de los Techos Rojos” al “Valle de Balas” convirtiéndose en una de las ciudades más peligrosas del mundo. Existimos muchos venezolanos que cuando leamos la prensa, en vez de aparecer los números crecientes de victimas del Hampa, existiesen números de cómo cada día la inseguridad es combatida por los cuerpos policiales y de seguridad.

La impunidad nos está matando. No es posible tampoco que la justicia sea un mecanismo mercantilista que funcione para unos y no para otros. En Venezuela la justicia se confunde con la prostitución, al convertirse en una ganga para mejor postor. No es justo que un asesino esté caminando libremente por las calles mientras existen inocentes en las cárceles venezolanas. ¿Cuándo íbamos a pensar que para que un asesino se mantenga en prisión, es algo que deben velar los familiares de la víctima y no los cuerpos oficiales que se supone que deberían cumplir su trabajo? En Venezuela, los asesinos entran a las cárceles como si fuesen paseos turísticos, o moteles. Van, hacen un rol o un papel artístico de que están presos y a los días están libres de nuevo y vuelven a cometer un delito.

Esto no solo ocurre en Caracas, sino que en toda Venezuela. En Maracaibo, no podemos salir a las calles sin preocuparnos de que nos lleven secuestrados o nos atraquen para quitarnos lo mas mínimo que tengamos encima. No es justo que la mayoría de las familias venezolanas tengan por lo menos un miembro de ella que no haya sido tocado por la mano del hampa. No existe verdaderamente un plan gubernamental de acción nacional para resguardar a los ciudadanos, esto le conviene al régimen. Entre más miedo puedan introducir a la sociedad, menos riesgo para ellos.

Nos hemos convertido en una sociedad prehistórica, donde nos tenemos que convertir en carnívoros para protegernos. Vivimos entre barrotes, cercos eléctricos, cámaras de vigilancia. Somos un país sin ley, donde aquí sobrevive el más fuerte. Día a día vemos mas venezolanos huyendo de forma indirecta forzosa del país, huyendo de ese sentimiento de odio, de inseguridad.

No existe voluntad en el país para cambiar los rumbos, y los que la tienen son frenados, despojados y sacados del poder para frenar cualquier progreso que queramos. Venezuela se ha convertido en un pueblo con ojos detrás de la cabeza, un pueblo que ha pasado por mucho, un pueblo que difícilmente olvidará el daño que le han hecho.

Hace un mes, mi abuelo Israel Márquez formo parte de las estadísticas de homicidio en el país, hasta el sol de hoy, dos de sus asesinos siguen libres, disfrutando y quizás hasta seguirán hurtando, viviendo de la tragedia de otros, a las costillas de los venezolanos.

Hasta una próxima entrada,
Luisito Medeiros